Desvaríos de una joven estrafalaria

lunes, septiembre 25, 2006

Primer día de colegio.

Viernes, 15 de Septiembre de 2006
PRIMER DÍA DE COLEGIO.
Aquella fecha que parecía tan lejana y que nunca llegaría, efectivamente llegó: el primer día de colegio en Gandía. Bueno, en realidad no era clase oficial, porque empezábamos a las 12:30, y sólo íbamos a conocer a nuestro tutor, para que nos diera los horarios y esas cosas. Pese a que entraba a las 12:30, la noche anterior me había acostado pronto, porque quería levantarme a las 7. ¿A las 7? Sí, habéis leído bien, es que soy así de masoca, y me gusta ir sin prisas. Puse el despertador a las 7, pero debido a un pequeño problema técnico, lo apagué y seguí durmiendo hasta las 8, que fue cuando finalmente me desperté. Como iba muy sobrada de tiempo, el restraso no era un problema, sólo que no tenía tiempo para ver la tele de 7 a 8, tal como yo había previsto. Me ducho, me visto (las converse negras, unos pantalones de pitillo, una camiseta roja con moscas), me seco el pelo y me peino. Aunque la mayoría ya me conoceréis, os voy a explicar el significado que tengo yo de la palabra “peinar”. Yo nunca me peino, o al menos desde la raíz hasta las puntas, que es como lo hacen las personas normales. En el hipotético caso de que me peine, lo hago desde las puntas hasta las raíces, de manera que se me queda el pelo cardado/encrespado, o comúnmente llamado “pelos de loca”. La primera vez que lo llevé a Abastos, casi se mueren del susto, así que yo razoné: si el primer día de clase ya me conocen con los pelos de loca, pues ya no le darán importancia y lo verán como algo natural, (aunque también estaba la opción de que pensaran “Qué niña más rarita”, pero bah.) Me hago la mochila, me pinto las uñas, y aún me sobra tiempo. A las 11:30 cojo el autobús de Gandía, y a las 12:05 ya estaba en casa de Mireya, porque había quedado allí con ella, para que me presentara a unas amigas suyas que también eran nuevas en el instituto. Después de la presentación nos dirijimos al colegio. Lo sorprendente era que no estaba nerviosa, sino muy tranquila, y con ganas de llegar allí para conocer a la gente nueva. Llegamos al instituto y todavía estaba cerrado, porque las clases empezaban a las 12:30. Esperamos en la puerta, mientras se producían los típicos reencuentros de Septiembre, en los que obviamente, yo no era partícipe y poco después abren, y entonces aparecen profesores diciendo a viva voz qué aula y grupo nos correspondía. A mí este momento me hizo mucha gracia, porque me recordó a Harry Potter, cuando Hagrid siempre dice a principio de curso “Los de primero, por aquí. ¡Primero!”. Dios, qué friki soy. No oía muy bien lo que el hombre vociferaba, así que me acerco y le pregunto si puede repetirme a qué clase tengo que ir. Deja de vociferar y me lo dice: aula 308, o sea, el tercer piso. Me dirijo hacia allí por las escaleras, cuando se me acerca un chico (más tarde supe que se llamaba Leonardo) y me pregunta que si yo era de Humanidades y si sabía la clase que tenía que ir. Se lo explico y subimos las escaleras. Cuando llego a clase, ya estaban casi todos dentro, me asomo, y pregunto si es mi aula. Ante su respuesta afirmativa, entro, y me siento en primera fila que era la única fila que vi libre. Poco después llegaron dos chicas que se sentaron a mi lado (una era Betty, y otra la cual su nombre desconozco). Con cinco minutos de retraso llega nuestra futura tutora: Pilar. Se presenta, nos informa de que es profesora de inglés y de que ella es muy católica, y pasa lista. Cuando llega a mí, me pregunta que si soy nueva y que de dónde vengo, lo típico. Sigue pasando lista, pero de repente llaman a la puerta. Abre, y me encuentro a Mireya, explicando que había habido un error, y que aunque ella tenía el bachiller de Ciencias Sociales, para mi grata sorpresa, también le tocaba estar en esa clase. Se sienta lejos de mí y continuamos con la clase. No os voy a aburrir contando lo que hicimos, porque fue lo mismo que se hace en todos los institutos. Cuando la profesora acabó, salimos del colegio, pero sólo era la una y media, y mi padre no venía hasta las tres. Anabel, una chica nueva de mi clase que Mireya me había presentado esa mañana, me dijo que si quería me podía ir al Ayuntamiento con ella, que había quedado con unas amigas. Acepté y empezamos el camino. Estuvimos hablando hasta que llegamos allí, nos contamos por qué nos habíamos cambiado de colegios, y otros temas que ya no recuerdo. Llegamos allí y nos encontramos con sus amigas, que también van al María Enríquez, pero a bachilleres distintos. Estuvimos un rato hablando, que por cierto me parecieron todas muy majas y muy agradables, y encima me enteré de que les gustaba Extremoduro. Cuando ya se hizo la hora, ellas se fueron a comer y yo fui hasta donde había quedado con mi padre que me recogería. Cuando llega, le cuento eufórica mi primer día de clase, con todo lujo de detalles. Nos vamos a un restaurante a comer, donde seguimos hablando del colegio, y mi padre pone el mode “padre enrollado juvenil” on, que a mí me hace mucha gracia, porque empieza: “Y qué, ¿hay chicos guapos?, ¿Has pensado ya cómo les vas a entrar?”. Y yo: “Sí, bueeeno..” Cuando acabamos de comer, me lleva a la estación de trenes, porque ese fin de semana me tocaba con mi madre, por lo que tenía que bajar a Valencia. Por el camino llamo a mis contactos para quedar, pero sólo podían salir esa tarde Nuria y Anaí, que estaban esperándome en la estación cuando llegué. Dimos un paseo por el centro y les relaté de nuevo mi primer día de colegio. Anaí muy en su línea me preguntó si había “alguien interesante”, a lo cual yo respondí encantada, con minuciosas descripciones. Allá a las 9 llegué a mi casa, donde me esperaba mi madre con mono de hija, que hacía dos semanas que no me veía. Después de soportar los típicos besuqueos y abrazos de madre pesada, por fin me liberó y me pude ir a cenar. Por la noche, como mi madre no me dejaba salir, llamé a Clara para que se viniera a dormir a mi casa, que a ella tampoco la dejaban salir. Estuvimos un buen rato hablando, después nos hicimos muchas fotos tontas, por ejemplo con nuestros amigos: el radiador y el despertador, y hasta con una banda de “Miss Cachonda” de elaboración propia. Las fotos están en mi space, en el álbum de “Fotogénicas hasta el amanecer”. A las cinco nos acostamos, pero yo no tenía sueño, y una vez ya estábamos en la cama, empecé a marear con cosas de miedo.
-Clara, ¿a ti te da miedo Jesucristo?
-Sí, pero no hables de eso ahora que si no no puedo dormir.
-A mí también. Aparece ahora aquí Jesucristo y me da un infarto. ¿Te imaginas que Jesucristo llama a la puerta?
-Sí… Calla, calla.
-(Golpeo la pata de la cama sin que Clara me vea) ¡¡TOC, TOC!!
-¡¡¡ARRGHHHHHHH!!!
-Jajajaja, era yo gilipollas. ¿Y si en vez de con piernas aparece con patas de cabra?
-No, eso no me da miedo. Prefiero que lleve patas que piernas ensangrentadas y descalzas.
-Ah. ¿Pero qué te daría más miedo, que apareciera Jesucristo o que apareciera Hitler y le diera vueltas la cabeza?
-Jesucristo. Y calla ya.
-¿Y si aparece Férran, dándole vueltas la cabeza, y a la vez dándole vueltas también la mano en su posición de “Esteu alerta”?
-Jajajajaja, como una sirena.
(Las dos empezamos a partirnos el culo al imaginarnos esa escena, la Ferri-Sirena)
Cuando se nos pasa la risa, sigo:
-¿Y qué te daría más miedo, que estuvieras hablando conmigo y de repente me vieras toda ensangrentada y con cortes, o que estuvieras paseando conmigo y de repente pasáramos por un espejo y yo no saliese reflejada?
-Que no te reflejases.
Instintivamente, dirijimos lentamente la mirada hacia un espejo cercano, pero antes de entrar en el ángulo en el que estábamos reflejadas, las dos emitimos un grito de terror, e inmediatamente como si lo hubiésemos ensayado a la perfección, nos abrazamos la una a la otra de manera que acoplamos casi simétricamente las piernas y los brazos. O sea, no sé si me explico, pero las dos hechas un ovillo. Permanecemos casi un minuto así, y cuando nos percatamos de lo patética que es la situación nos desenroscamos lentamente.
Después de eso, al fin conseguimos dormirnos.