Desvaríos de una joven estrafalaria

lunes, septiembre 25, 2006

Viene Noelia a visitarme.

Lunes, 11 de Septiembre de 2006.
VIENE NOELIA A VISITARME.
A las cuatro de la tarde llegaba el tren de Noelia a Gandía, por lo que tuve que ir a recogerla a la estación. Llego, nos saludamos, y nos encaminamos hacia mi futuro instituto María Enríquez. Por el camino, nos paramos en un banco a descansar, entonces Noelia abre su mochila y saca un paquete de Docos. Si sois tan desgraciados que todavía no conocéis lo que son los Docos, os lo explicaré. Los Docos, son unos croaissants rellenos de chocolate, que venden en paquetes de 12, por 2’05€. Yo soy una fanática de ellos, aunque desde hace unos meses (se cren que los doqueros somos tontos y no nos damos cuenta) ponen menos chocolate por croaissant, lo cual no me parece nada bien, porque valen lo mismo, pero ahora ya no les chorrea el chocolate, y pienso escribir una carta de Panrico, con mi queja de los Docos. Esto no va a quedar así. Bueno, que me voy del tema, Noelia, saca los Docos que me había traído ( que aunque tengan menos chocolate, siguen siendo irresistibles), y nos sentamos a merendar. Después de comérnoslos, a Noelia le entra una sed horrible, y me pide como una posesa que la lleve urgentemente a un Mercadona. Nos ponemos de camino, y en eso que se nos acerca un chico con un cigarro en la mano apagado, y pronuncia algo que yo no entiendo. Noelia le dice que no, pero yo que seguía sin entender y se ve que hice un movimiento extraño con la cabeza como refiriéndome a que lo repitiese, pero les hizo gracia a Noelia y al chico y empezaron a reírse. Yo que no entendía nada, le digo que no tengo y seguimos andando. Poco después comprendí que se refería a si tenía fuego, lógicamente. Bueno, continuamos andando, y para alegría de Noelia encontramos un supermercado abierto. Entramos y compramos una botella de agua ( de litro y medio, que era más barata). A la salida, nos volvemos a encontrar al chico de antes, y le digo yo a Noelia: “Mira, el chico del fuego.” Noelia pone cara de pensar y me contesta: “¿¿El hijo del psicólogo?? ¿Qué hijo?”. Yo me empiezo a partir en medio de la calle, montando el número, y Noelia igual cuando le explico lo que le había dicho. Era una de esas típicas tardes, que todo te hace gracia, y no puedes parar de reír y pareces tonto, (tindre burrera, com es diu ací). Seguimos andando, y Noelia empieza a contarme que se va a comprar un acuario con peces, pero que no sabe dónde ponerlo, si en su escritorio o en la mesa que tiene encima de su cama. Para que lo entendáis, os explicaré cómo es la cama de Noelia. Justo donde pone ella la cabeza para dormir, tiene encima una mesa, que hace de estantería, de manera que ella duerme con la cabeza debajo de la mesa. Bueno, pues yo le pregunto a Noelia:
-Mesa. ¿qué mesa?
-Uy, la mesa verde que tengo encima de la cama.
-¿Eso? Pero si eso es una estantería.
-¡ES UNA MESA!
-Pero si de toda la vida ha sido una estantería, que me acuerdo yo. ¿Dónde se ha visto que esa estantería sea una mesa?
(Se queda un poco pensando)- Sí, UNA “ESTANTERÍA” CON PATAS.
En esos momentos me empiezo yo a partir el culo como una loca, en medio de la calle, de la “estantería con patas”. Sé que no tiene gracia, pero como ya os he dicho teníamos “burrera”, pero lo peor es que lo recuerdo y me sigue haciendo gracia (ya sé que es preocupante).
No os creáis que la tarde acaba ahí, qué va. Aún queda mucha tarde por delante. Seguimos andando, y pasamos por un solar, donde había un muro que ponía “PROHIBIDO TIRAR ESCOMBROS”. En eso oigo que Noelia se está riendo sola.
-Noelia, ¿te pasa algo?
-Sí, jajajjaa. Que me había parecido que ponía “PROHIBIDO TIRAR ESCUPITAJOS”.
-Sííííí, Noelia… Descansa…
-Y me preguntaba yo: ¿Y cómo saben de quién es el escupitajo?
En ese momento empiezo yo a reírme de cómo las suelta Noelia, y sin querer le contagio la risa, y nos tenemos que parar, porque a Noe y a mí, cuando nos entra la risa, perdemos la fuerza, por lo que no podemos ni andar. Una vez se nos pasa el ataquito, seguimos por la calle en obras. Era una calle estrecha, ibamos caminando por debajo de la acera, porque era muy estrecha, y yo iba hablando tranquilamente con Noelia, cuando de repente, me da un empujón, me estampa contra la valla que hacía de pared en esa calle en obras, a la vez que me grita: “¡¡¡¡¡CUIDADO!!!!!”. A mí en esos momentos casi me da un infarto de miocardio del susto, todavía acurrucada junto a Noelia en la valla, y cómo puedo, le contesto: “¿Pero qué pasa?” “¡Viene un coche!” Un minuto después, y a diez kilómetros por hora, pasa el coche “asesino” a nuestro lado. El chaval que lo conducía, se ve que había visto de lejos toda la escena, y de hecho, todavía seguíamos acurrucadas, (tenía a Noelia encima mío, como protegiéndome). Baja la ventanilla, y nos dice: “Tranquilas, ¿eh?”. Como no iba a ser menos Noelia y yo, nos volvimos a tirar al suelo de la risa. Se nos pasa, y seguimos andando. Todavía íbamos cargadas con la botella de agua, y en eso Noelia se para a beber al lado de una obra, al lado de un hombre que llevaba el pantalón demasiado bajo, de manera que se le veía toda la hucha. Yo sabía que era la típica situación que a Noelia le iba a hacer gracia, y antes de que lo viera yo le decía: “Noelia, por favor contrólate y no montes el cuadro”. Pero claro, era inevitable: cuando Noelia lo vio, tenía la boca llena de agua, escupió todo el agua delante del obrero, y sale corriendo. Yo muerta de vergüenza, hago como que no la conozco a esa niña tan tonta. Pero en cuanto giramos la esquina, nos empezamos a partir las dos. Por fin llegamos al instituto, se lo enseño y volvemos a casa, por una calle que aparentemente no había nadie. Noelia quería tirar ya la botella de agua, que decía que ya no tenía sed y que pesaba, pero entonces se la pido, y no se me ocurre otra cosa que “regar” un excremento canino que había en medio de la acera. Pero de repente aparece un chico de mi instituto (menos mal que no va a mi clase), y me encuentra a mi regando la mierda. Según Noelia, que fue la que le miró a la cara (yo estaba demasiado ocupada poniéndome roja y mirando hacia otro lado), puso cara de: “Que niña más rarita”. Ya nos dolía la cabeza de tanto reírnos. Con tanta tontería, ya se nos había pasado la tarde, y enseguida vino mi padre a recogernos, para llevarnos a casa, donde cenamos, y posteriormente jugamos cuatro partidas al Monopoli en las cuales la apalicé, hihi (4-0).