Desvaríos de una joven estrafalaria

lunes, septiembre 25, 2006

Sábado en Valencia.

10 de Septiembre de 2.006
SÁBADO EN VALENCIA.
Clara y yo nos despertamos a las diez, con lo que sólo habíamos dormido cinco horas, pero ya no teníamos sueño. Desayunamos y se fue a su casa. El resto de mañana estuve bambando por mi casa, hasta la hora de comer. Por la tarde, me fui al centro con María Terradez y con Clara, y estuvimos danzando toda la tarde por el centro. Como soy una vaga y esto lo estoy escribiendo quince días después de que sucedió, pues no me acuerdo exactamente cómo fue, pero seguro que sucedió alguna de nuestras habituales anécdotas divertidas. Se siente.
Por la noche quedamos para ir al Carmen, que fue toda una noche de reencuentros. Hacía siglos que no veía a la gente, y todos teníamos muchas cosas que contar. Como siempre, estuvimos por la plaza ahí tiraos’ , pero estuvo bien la noche. Dije que no iba a beber, pero luego fue: “Bueno, sólo licor de manzana”, “Bueno, sólo licor de manzana, y pechê”, “Bueno, sólo licor de manzana, pechê y calimocho”, “Bueno, sólo licor de manzana, pechê, calimocho, y tequila”, “Bueno, bebo de todo menos vodka y ginebra”. Creo que voy a tardar mucho mucho tiempo en volver a beber vodka o ginebra, porque todavía me da asco cuando los veo. Pero esta vez, sí que me controlé (como debe ser), y llegué a casa en perfectas condiciones. María Terradez también vino con nosotros, y le acompañamos al Tysana a que se pidiera su habitual “Malibú con piña”, pero no quedaba, y eso rompió todos sus esquemas alcohólicos. Empezó a preguntarse en voz alta: “¿Qué bebo, qué bebo?” A mí a esas alturas de la noche, todo me hacía gracia, y esa situación no iba a ser menos, así que empecé a reírme como una loca dentro del local, pero menos mal que me salí enseguida y no montamos mucho el cuadro. También fuimos al Oasis, donde estaba el “Camarero-Simpático”, que yo dudaba si se acordaría de mi última aparición , ya que la última vez que estuvimos allí, montamos muuucho el cuadro (Véase “El ciego de mi vida”). Pero nos atendió con naturalidad, y con su habitual simpatía. Después estuvimos sentados en nuestro banco, y nos enteramos de que Javi Rubio, tenía un secreto. Estuvimos toda la noche intentando sonsacarle cuál era su gran secreto, pero no nos desembuchó nada, decía que no estaba lo suficientemente borracho. Y nos quedamos intrigados. Seguiré con la investigación. ¡Ah! Y también estuve hablando un poquito con Carles (L), pero debido a mi grado de alcoholemia no recuerdo muy bien el contenido de la conversación.

Primer día de colegio.

Viernes, 15 de Septiembre de 2006
PRIMER DÍA DE COLEGIO.
Aquella fecha que parecía tan lejana y que nunca llegaría, efectivamente llegó: el primer día de colegio en Gandía. Bueno, en realidad no era clase oficial, porque empezábamos a las 12:30, y sólo íbamos a conocer a nuestro tutor, para que nos diera los horarios y esas cosas. Pese a que entraba a las 12:30, la noche anterior me había acostado pronto, porque quería levantarme a las 7. ¿A las 7? Sí, habéis leído bien, es que soy así de masoca, y me gusta ir sin prisas. Puse el despertador a las 7, pero debido a un pequeño problema técnico, lo apagué y seguí durmiendo hasta las 8, que fue cuando finalmente me desperté. Como iba muy sobrada de tiempo, el restraso no era un problema, sólo que no tenía tiempo para ver la tele de 7 a 8, tal como yo había previsto. Me ducho, me visto (las converse negras, unos pantalones de pitillo, una camiseta roja con moscas), me seco el pelo y me peino. Aunque la mayoría ya me conoceréis, os voy a explicar el significado que tengo yo de la palabra “peinar”. Yo nunca me peino, o al menos desde la raíz hasta las puntas, que es como lo hacen las personas normales. En el hipotético caso de que me peine, lo hago desde las puntas hasta las raíces, de manera que se me queda el pelo cardado/encrespado, o comúnmente llamado “pelos de loca”. La primera vez que lo llevé a Abastos, casi se mueren del susto, así que yo razoné: si el primer día de clase ya me conocen con los pelos de loca, pues ya no le darán importancia y lo verán como algo natural, (aunque también estaba la opción de que pensaran “Qué niña más rarita”, pero bah.) Me hago la mochila, me pinto las uñas, y aún me sobra tiempo. A las 11:30 cojo el autobús de Gandía, y a las 12:05 ya estaba en casa de Mireya, porque había quedado allí con ella, para que me presentara a unas amigas suyas que también eran nuevas en el instituto. Después de la presentación nos dirijimos al colegio. Lo sorprendente era que no estaba nerviosa, sino muy tranquila, y con ganas de llegar allí para conocer a la gente nueva. Llegamos al instituto y todavía estaba cerrado, porque las clases empezaban a las 12:30. Esperamos en la puerta, mientras se producían los típicos reencuentros de Septiembre, en los que obviamente, yo no era partícipe y poco después abren, y entonces aparecen profesores diciendo a viva voz qué aula y grupo nos correspondía. A mí este momento me hizo mucha gracia, porque me recordó a Harry Potter, cuando Hagrid siempre dice a principio de curso “Los de primero, por aquí. ¡Primero!”. Dios, qué friki soy. No oía muy bien lo que el hombre vociferaba, así que me acerco y le pregunto si puede repetirme a qué clase tengo que ir. Deja de vociferar y me lo dice: aula 308, o sea, el tercer piso. Me dirijo hacia allí por las escaleras, cuando se me acerca un chico (más tarde supe que se llamaba Leonardo) y me pregunta que si yo era de Humanidades y si sabía la clase que tenía que ir. Se lo explico y subimos las escaleras. Cuando llego a clase, ya estaban casi todos dentro, me asomo, y pregunto si es mi aula. Ante su respuesta afirmativa, entro, y me siento en primera fila que era la única fila que vi libre. Poco después llegaron dos chicas que se sentaron a mi lado (una era Betty, y otra la cual su nombre desconozco). Con cinco minutos de retraso llega nuestra futura tutora: Pilar. Se presenta, nos informa de que es profesora de inglés y de que ella es muy católica, y pasa lista. Cuando llega a mí, me pregunta que si soy nueva y que de dónde vengo, lo típico. Sigue pasando lista, pero de repente llaman a la puerta. Abre, y me encuentro a Mireya, explicando que había habido un error, y que aunque ella tenía el bachiller de Ciencias Sociales, para mi grata sorpresa, también le tocaba estar en esa clase. Se sienta lejos de mí y continuamos con la clase. No os voy a aburrir contando lo que hicimos, porque fue lo mismo que se hace en todos los institutos. Cuando la profesora acabó, salimos del colegio, pero sólo era la una y media, y mi padre no venía hasta las tres. Anabel, una chica nueva de mi clase que Mireya me había presentado esa mañana, me dijo que si quería me podía ir al Ayuntamiento con ella, que había quedado con unas amigas. Acepté y empezamos el camino. Estuvimos hablando hasta que llegamos allí, nos contamos por qué nos habíamos cambiado de colegios, y otros temas que ya no recuerdo. Llegamos allí y nos encontramos con sus amigas, que también van al María Enríquez, pero a bachilleres distintos. Estuvimos un rato hablando, que por cierto me parecieron todas muy majas y muy agradables, y encima me enteré de que les gustaba Extremoduro. Cuando ya se hizo la hora, ellas se fueron a comer y yo fui hasta donde había quedado con mi padre que me recogería. Cuando llega, le cuento eufórica mi primer día de clase, con todo lujo de detalles. Nos vamos a un restaurante a comer, donde seguimos hablando del colegio, y mi padre pone el mode “padre enrollado juvenil” on, que a mí me hace mucha gracia, porque empieza: “Y qué, ¿hay chicos guapos?, ¿Has pensado ya cómo les vas a entrar?”. Y yo: “Sí, bueeeno..” Cuando acabamos de comer, me lleva a la estación de trenes, porque ese fin de semana me tocaba con mi madre, por lo que tenía que bajar a Valencia. Por el camino llamo a mis contactos para quedar, pero sólo podían salir esa tarde Nuria y Anaí, que estaban esperándome en la estación cuando llegué. Dimos un paseo por el centro y les relaté de nuevo mi primer día de colegio. Anaí muy en su línea me preguntó si había “alguien interesante”, a lo cual yo respondí encantada, con minuciosas descripciones. Allá a las 9 llegué a mi casa, donde me esperaba mi madre con mono de hija, que hacía dos semanas que no me veía. Después de soportar los típicos besuqueos y abrazos de madre pesada, por fin me liberó y me pude ir a cenar. Por la noche, como mi madre no me dejaba salir, llamé a Clara para que se viniera a dormir a mi casa, que a ella tampoco la dejaban salir. Estuvimos un buen rato hablando, después nos hicimos muchas fotos tontas, por ejemplo con nuestros amigos: el radiador y el despertador, y hasta con una banda de “Miss Cachonda” de elaboración propia. Las fotos están en mi space, en el álbum de “Fotogénicas hasta el amanecer”. A las cinco nos acostamos, pero yo no tenía sueño, y una vez ya estábamos en la cama, empecé a marear con cosas de miedo.
-Clara, ¿a ti te da miedo Jesucristo?
-Sí, pero no hables de eso ahora que si no no puedo dormir.
-A mí también. Aparece ahora aquí Jesucristo y me da un infarto. ¿Te imaginas que Jesucristo llama a la puerta?
-Sí… Calla, calla.
-(Golpeo la pata de la cama sin que Clara me vea) ¡¡TOC, TOC!!
-¡¡¡ARRGHHHHHHH!!!
-Jajajaja, era yo gilipollas. ¿Y si en vez de con piernas aparece con patas de cabra?
-No, eso no me da miedo. Prefiero que lleve patas que piernas ensangrentadas y descalzas.
-Ah. ¿Pero qué te daría más miedo, que apareciera Jesucristo o que apareciera Hitler y le diera vueltas la cabeza?
-Jesucristo. Y calla ya.
-¿Y si aparece Férran, dándole vueltas la cabeza, y a la vez dándole vueltas también la mano en su posición de “Esteu alerta”?
-Jajajajaja, como una sirena.
(Las dos empezamos a partirnos el culo al imaginarnos esa escena, la Ferri-Sirena)
Cuando se nos pasa la risa, sigo:
-¿Y qué te daría más miedo, que estuvieras hablando conmigo y de repente me vieras toda ensangrentada y con cortes, o que estuvieras paseando conmigo y de repente pasáramos por un espejo y yo no saliese reflejada?
-Que no te reflejases.
Instintivamente, dirijimos lentamente la mirada hacia un espejo cercano, pero antes de entrar en el ángulo en el que estábamos reflejadas, las dos emitimos un grito de terror, e inmediatamente como si lo hubiésemos ensayado a la perfección, nos abrazamos la una a la otra de manera que acoplamos casi simétricamente las piernas y los brazos. O sea, no sé si me explico, pero las dos hechas un ovillo. Permanecemos casi un minuto así, y cuando nos percatamos de lo patética que es la situación nos desenroscamos lentamente.
Después de eso, al fin conseguimos dormirnos.

Visita sorpresa.

Jueves, 14 de Septiembre de 2.006
VISITA SORPRESA
Hoy parecía que iba a ser un día completamente normal, más bien aburrido, y de hecho, así había sido durante toda la mañana. Hará unos tres días, había enviado una carta a Sandra, mi compañera de judo, informándole de que me venía a vivir a Gandía, porque ella, era la única persona que todavía no sabía nada (junto a Olga, la otra compañera), porque como tampoco era seguro, no quería decírselo antes de tiempo, además si se lo hubiese dicho en persona, puede que le hubiera dado un ataque de histeria, entonces decidí que la carta era la mejor opción. Bueno, pues estaba tranquilamente tumbada en el sofá, cuando suena el teléfono, y me encuentro a una Sandra histérica que a penas se le entendía lo que me decía. Deduje que eso sólo podía significar que le había llegado la carta ya. Sigue hablando y me explica que está en Gandía, junto con Olga, pero que el plan no les ha salido del todo bien, y que ahora no tenían autobús desde allí para llegar a mi pueblo. Les digo que intentaré ir enseguida. Llamo a mi padre, se lo cuento, y le digo si me puede llevar rápido a Gandía. Menos mal que sí que me pudo llevar, y a penas 15 minutos después llego a la estación dónde me esperaban Sandra y Olga. Se abalanzaron sobre mí, de manera que casi me tiran al suelo en mitad de la estación, montando una escena “Made in Hollywood”, que seguro que la gente que estaba sentada en los bancos esperando su tren estaría pensando “Oh, que bonita es la amistad”. Bueno, cuando ya nos tranquilizamos, me enseñan los obsequios que me habían traído: una pegatina grande del Ronín (mi exgimnasio de judo), y un paquete de Docos, por supuesto. Nos sentamos en un banco a disfrutar de los Docos, mientras me cuenta cómo había pasado todo. Esta mañana cuando les llegó la carta, casi les da un shock, porque claro, ellas no sabían nada, entonces cogieron el primer tren que pudieron hacia Gandía. Hasta ahí todo muy bien, pero ellas pensaban que yo vivía en Gandía capital, entonces se fueron a buscar la calle 9 d’Octubre pero de Gandía, no de la Font d’En Carròs. Pensaban que yo vivía allí, porque siempre digo “Me voy a Gandía”, pero no porque viva allí mismo, sino en la Font, pero es que si digo el nombre del pueblo, no lo lo conoce ni Dios. Se pensaban que “la Font d’En Carròs” que yo les había puesto en el remitente de la carta de la cual habían tomado la dirección, era el nombre del barrio de Gandía, pero que yo estaba tontita, y que había puesto también el barrio en la dirección. Cuando un amable ciudadano les informó que la Font estaba a diez kilómetros de allí, ya era demasiado tarde para coger el autobús, entonces fue cuando tuve que ir yo allí. Estuvimos un rato hablando, pero se tuvieron que ir enseguida, porque con toda la equivocación, se les había pasado la tarde volando, y no pudieron estar tanto tiempo aquí como querían, pero de todas maneras, estuvo muy bien, que fue una grata sorpresa.

Viene Noelia a visitarme.

Lunes, 11 de Septiembre de 2006.
VIENE NOELIA A VISITARME.
A las cuatro de la tarde llegaba el tren de Noelia a Gandía, por lo que tuve que ir a recogerla a la estación. Llego, nos saludamos, y nos encaminamos hacia mi futuro instituto María Enríquez. Por el camino, nos paramos en un banco a descansar, entonces Noelia abre su mochila y saca un paquete de Docos. Si sois tan desgraciados que todavía no conocéis lo que son los Docos, os lo explicaré. Los Docos, son unos croaissants rellenos de chocolate, que venden en paquetes de 12, por 2’05€. Yo soy una fanática de ellos, aunque desde hace unos meses (se cren que los doqueros somos tontos y no nos damos cuenta) ponen menos chocolate por croaissant, lo cual no me parece nada bien, porque valen lo mismo, pero ahora ya no les chorrea el chocolate, y pienso escribir una carta de Panrico, con mi queja de los Docos. Esto no va a quedar así. Bueno, que me voy del tema, Noelia, saca los Docos que me había traído ( que aunque tengan menos chocolate, siguen siendo irresistibles), y nos sentamos a merendar. Después de comérnoslos, a Noelia le entra una sed horrible, y me pide como una posesa que la lleve urgentemente a un Mercadona. Nos ponemos de camino, y en eso que se nos acerca un chico con un cigarro en la mano apagado, y pronuncia algo que yo no entiendo. Noelia le dice que no, pero yo que seguía sin entender y se ve que hice un movimiento extraño con la cabeza como refiriéndome a que lo repitiese, pero les hizo gracia a Noelia y al chico y empezaron a reírse. Yo que no entendía nada, le digo que no tengo y seguimos andando. Poco después comprendí que se refería a si tenía fuego, lógicamente. Bueno, continuamos andando, y para alegría de Noelia encontramos un supermercado abierto. Entramos y compramos una botella de agua ( de litro y medio, que era más barata). A la salida, nos volvemos a encontrar al chico de antes, y le digo yo a Noelia: “Mira, el chico del fuego.” Noelia pone cara de pensar y me contesta: “¿¿El hijo del psicólogo?? ¿Qué hijo?”. Yo me empiezo a partir en medio de la calle, montando el número, y Noelia igual cuando le explico lo que le había dicho. Era una de esas típicas tardes, que todo te hace gracia, y no puedes parar de reír y pareces tonto, (tindre burrera, com es diu ací). Seguimos andando, y Noelia empieza a contarme que se va a comprar un acuario con peces, pero que no sabe dónde ponerlo, si en su escritorio o en la mesa que tiene encima de su cama. Para que lo entendáis, os explicaré cómo es la cama de Noelia. Justo donde pone ella la cabeza para dormir, tiene encima una mesa, que hace de estantería, de manera que ella duerme con la cabeza debajo de la mesa. Bueno, pues yo le pregunto a Noelia:
-Mesa. ¿qué mesa?
-Uy, la mesa verde que tengo encima de la cama.
-¿Eso? Pero si eso es una estantería.
-¡ES UNA MESA!
-Pero si de toda la vida ha sido una estantería, que me acuerdo yo. ¿Dónde se ha visto que esa estantería sea una mesa?
(Se queda un poco pensando)- Sí, UNA “ESTANTERÍA” CON PATAS.
En esos momentos me empiezo yo a partir el culo como una loca, en medio de la calle, de la “estantería con patas”. Sé que no tiene gracia, pero como ya os he dicho teníamos “burrera”, pero lo peor es que lo recuerdo y me sigue haciendo gracia (ya sé que es preocupante).
No os creáis que la tarde acaba ahí, qué va. Aún queda mucha tarde por delante. Seguimos andando, y pasamos por un solar, donde había un muro que ponía “PROHIBIDO TIRAR ESCOMBROS”. En eso oigo que Noelia se está riendo sola.
-Noelia, ¿te pasa algo?
-Sí, jajajjaa. Que me había parecido que ponía “PROHIBIDO TIRAR ESCUPITAJOS”.
-Sííííí, Noelia… Descansa…
-Y me preguntaba yo: ¿Y cómo saben de quién es el escupitajo?
En ese momento empiezo yo a reírme de cómo las suelta Noelia, y sin querer le contagio la risa, y nos tenemos que parar, porque a Noe y a mí, cuando nos entra la risa, perdemos la fuerza, por lo que no podemos ni andar. Una vez se nos pasa el ataquito, seguimos por la calle en obras. Era una calle estrecha, ibamos caminando por debajo de la acera, porque era muy estrecha, y yo iba hablando tranquilamente con Noelia, cuando de repente, me da un empujón, me estampa contra la valla que hacía de pared en esa calle en obras, a la vez que me grita: “¡¡¡¡¡CUIDADO!!!!!”. A mí en esos momentos casi me da un infarto de miocardio del susto, todavía acurrucada junto a Noelia en la valla, y cómo puedo, le contesto: “¿Pero qué pasa?” “¡Viene un coche!” Un minuto después, y a diez kilómetros por hora, pasa el coche “asesino” a nuestro lado. El chaval que lo conducía, se ve que había visto de lejos toda la escena, y de hecho, todavía seguíamos acurrucadas, (tenía a Noelia encima mío, como protegiéndome). Baja la ventanilla, y nos dice: “Tranquilas, ¿eh?”. Como no iba a ser menos Noelia y yo, nos volvimos a tirar al suelo de la risa. Se nos pasa, y seguimos andando. Todavía íbamos cargadas con la botella de agua, y en eso Noelia se para a beber al lado de una obra, al lado de un hombre que llevaba el pantalón demasiado bajo, de manera que se le veía toda la hucha. Yo sabía que era la típica situación que a Noelia le iba a hacer gracia, y antes de que lo viera yo le decía: “Noelia, por favor contrólate y no montes el cuadro”. Pero claro, era inevitable: cuando Noelia lo vio, tenía la boca llena de agua, escupió todo el agua delante del obrero, y sale corriendo. Yo muerta de vergüenza, hago como que no la conozco a esa niña tan tonta. Pero en cuanto giramos la esquina, nos empezamos a partir las dos. Por fin llegamos al instituto, se lo enseño y volvemos a casa, por una calle que aparentemente no había nadie. Noelia quería tirar ya la botella de agua, que decía que ya no tenía sed y que pesaba, pero entonces se la pido, y no se me ocurre otra cosa que “regar” un excremento canino que había en medio de la acera. Pero de repente aparece un chico de mi instituto (menos mal que no va a mi clase), y me encuentra a mi regando la mierda. Según Noelia, que fue la que le miró a la cara (yo estaba demasiado ocupada poniéndome roja y mirando hacia otro lado), puso cara de: “Que niña más rarita”. Ya nos dolía la cabeza de tanto reírnos. Con tanta tontería, ya se nos había pasado la tarde, y enseguida vino mi padre a recogernos, para llevarnos a casa, donde cenamos, y posteriormente jugamos cuatro partidas al Monopoli en las cuales la apalicé, hihi (4-0).

Viene María Terradez a Gandía.

Sábado y Domingo, 9 y 10 de Septiembre de 2.006
Viene María Terrádez a visitarme.
He omitido el resumen del viernes, ya que no pasó nada importante, salvo que por la mañana fuimos al instituto a entregar el sobre de la matrícula, y cuando me revisaron los papeles, no se fiaban de la fotocopia de mi graduado escolar, porque era un fax, y la tía bruja de secretaría decía que no se veía bien y que no me lo podía aceptar. Tuve que accionar mi poder de convicción, y al final como perdonándome la vida (será gilipollas la tía) dice: “Bueno va, me fiaré de ti”. Ya no pasó nada más interesante el viernes, salvo que por la noche hicieron la final de “El Traidor”, que ganó quien yo menos me esperaba.
A la mañana siguiente, que era sábado, venía María Terrádez, mi amiga de Valencia, a pasar el fin de semana. No tuvimos otro remedio que hacer otra vez zafarrancho de limpieza, y además acabamos de montar los estantes de Ikea que faltaban por poner en mi habitación. Tuve que hacer dos viajes a la ferretería, a comprar tornillos, porque los que compré en el primer viaje no valían (fue culpa del vendedor, no mía, que yo se lo expliqué muy bien, que conste).
A las doce, llegó María con su padre, y para mi grata sorpresa, también con su hermano Guillermo. Les invitamos a que se hicieran el aperitivo con nosotros, (yo encantada con la presencia de Guillermo). Cuando se fueron, María y yo nos fuimos a dar una vuelta por el pueblo, hasta la hora de comer. Por la tarde, cogimos el autobús para irnos a Gandía. Nos sentamos, y poco después, en el asiento de al lado, se sienta un hombre de unos cuarenta años (desiquilibrado mental), y empieza a hablarnos.
-D’on sou?
-De València…
-Ah, molt bé, molt bé. Jo quan tenia el Golf anava a Valéncia, a la Malvarrosa.- continua hablando, pero como no se le entendia muy bien, pierdo el hilo de la conversación, disimulo, y hago como que me entero – No sé si eren 2000, o 3000, quants eren?
(Sin tener ni idea de lo que está diciendo)- No estic segura ara, no m’enrecorde bé, si 2000 o 3000…
María empieza a darme codazos para que nos cambiásemos de asiento, que le daba miedo el hombre ese. Yo reclino mi asiento hacia atrás, de manera que el hombre ya no me ve, porque me tapa María, así que continua la conversación con ella, y yo de vez en cuando decía: “Clar, clar”. Continua contándonos que ahora se va a Gandía, a tomarse una cerveza con los amigos, pero ojo, nos explica que sólo cerveza, que whisky no, que tiene mucha graduación. Y yo: “clar, clar”. Para la suerte de María que estaba un poco histérica, nos empiezan a caer gotas de agua del aire acondicionado, y con la excusa esa, nos cambiamos a unos asientos más adelante, eso sí, primero nos despedimos de Toni educadamente. Cuando ya creíamos que íbamos a estar tranquilas, el autobús hace la parada del pueblo siguiente, y suben “Los Garrulos”. María de cachondeo siempre me dice que ahora que me vengo a vivir aquí, me voy a echar un novio garrulo, con las greñas por detrás, las cadenas de oro, las mechas, y la riñonera. Bueno, pues justo que sube “mi prototipo de novio” y sus amigos, y resulta que conocían a Toni, pero por el nombre de “Marinete” ( en ese momento desconocíamos el porqué de ese apodo pero más tarde lo averiguamos). Con su valenciano macarrónico, “Los Garrulos” empiezan a llamar a Marinete a grito pelao: “¡¡¡Marineteeeee, Marineteeeee!!!” Marinete y los recién llegados se sientan juntos en la parte de detrás, montando escándalo. Nosotras estábamos tan tranquilas en la parte de delante, cuando de repente, empezamos a oír que estaban cantando copla por la parte de detrás. Nos giramos disimuladamente para ver de donde procede esa “música”, y por supuesto, el que cantaba era “Marinete”, mientras los macarras le hacían palmas. Después de este particular viaje, en cuanto el autobús llega a la parada de Gandía, salimos precipitadamente del autobús, lejos de Marinete y de “Los Garrulos”, pero aún así, nos sigue un macarra, y empieza a decir: “Ché, ché, vingau”. Y yo: “Corre María, corre” Finalmente, les damos esquinazo, nos aseguramos de que ya no nos siguen y entonces ya, respiramos tranquilas (soy una exagerada). Nos encaminamos hacia mi futuro instituto, para enseñarle dónde voy a pasar el próximo año, pero como estaba cerrado por dentro, sólo lo pudimos ver por fuera. Cuando ya estábamos cansadas de recorrer Gandía, volvimos a coger el autobús, y de nuevo nos encontramos con Marinete y con “Los Garrulos”, que regresaban a sus respectivos pueblos. Pero Marinete ahora estaba triste, de bajón, y no estaba para fiestas. Pese a que los macarras insistían en que fuese con ellos, Marinete no quería: estaba triste. Pero “Los Garrulos”, no se vencen fácilmente, aún les quedaban muchas garruleces por hacer. Enseguida identificamos al líder: Borja. Fue fácil localizarlo porque era el que más hacía el subnormal, y sus amigotes no hacían más que llamarlo “Borja, Borja” y reírle las gracias. Primero, tuvo que hacer la macarrez por excelencia: un calvo. Sus colegas se partían al ver como “Borja el Guay”, enseñaba el culo por la ventana. Cuando la cosa empezó a perder la gracia, (Borja siempre tenía nuevas ideas), empezaron a imitar orangutanes raperos. María y yo nos reíamos “de ellos”, no “con ellos”, pero se debieron pensar que nos estaban conquistando o algo, entonces hacían las gracias más exageradas y más cerca, que cada vez se iban acercando asientos. Cuando llegaron a su pueblo, se bajaron, y a mi me dio pena y todo, que me lo estaba pasando bien. Allá a las ocho y media, el autobús llega a la Font, pero de camino a casa, me doy cuenta que no llevaba llaves del piso, y que no había nadie para abrirnos, hasta las nueve y cuarto que llegaba mi padre. Por lo menos tenía las llaves de la cochera, que es una especie de sótano donde guardamos los coches, pero que también tiene baño, cocina, sofá, mesas, sillas y trastero. Decidimos quedarnos allí hasta que mi padre vuelva para abrinos. Como María y yo este años hemos ido a la optativa de teatro, propongo que representemos alguna escena para hacer más corta la espera. Observamos el material del que disponemos, y decidimos que lo mejor es hacer como si estuviéramos en un bar, porque hay una barra y mesas, que parecía un bar de verdad. Yo era la camarera y María la clienta, y empezamos el teatrillo, que nos quedó muy realista, parecíamos dos auténticas marujonas. Cuando la escena no daba más de sí, pensamos otra cosa. En el trastero, encontramos un sillón de estos reclinables, que es el que tenía Inma en la consulta de psicología. Nos viene que ni pintao’: yo soy la clienta tumbada en el sillón, y María la psicóloga, sentada en una silla a mi lado, tomando apuntes. Mi problema es que mi marido me engaña, y yo me he enterado, pero no lo quiero dejar porque lo amo demasiado, aunque sepa que estoy siendo engañada. Ahí casi nos ganamos el Goya a actrices revelación, que si no fue porque llegó mi padre y tuvimos que interrumpir la escena rápidamente, hasta lloro de verdad. Subimos a la casa a cenar y poco después de cenar, nos acostamos, porque como creo que ya os he dicho, me gusta acostarme pronto y levantarme pronto, que además, así se evita el síndrome pos-vacacional. Pusimos el despertador a las ocho, y tal como estaba previsto, sonó a esa hora. A María que dormía al lado del despertador casi le da un infarto, de lo fuerte que suena. Desayunamos, vemos un programa de esos de encontrar tu media naranja en la Sexta, y después salimos a dar un paseo en bicicleta, sin mucho éxito, porque no encontramos el camino que yo quería y fuimos por una carretera bastante monótona. Así que, volvemos al garaje, y jugamos una partida al Monopoli, la cual gané (desde que empecé a jugar al Monopoli, nadie me ha ganado, soy invencible, muahaha). Volvemos a casa, y cuando subimos, mi padre seguía durmiendo. Estábamos ansiosas de que se despertara, porque queríamos decirle que nos llevase a la playa de Piles. Cuando al fin el señor ha optado por levantarse, le hemos dicho que si nos llevaba, cosa que le ha parecido bien, y apenas una hora más tarde, ya estábamos en la playa. Allí nos lo hemos pasado bien, porque nos habíamos llevado las colchonetas hinchables, hasta una de dos plazas, en la que jugábamos al “toro loco”. El “toro loco” consiste en hacer el animal encima de la colchoneta, incluso intentar ponerse de pie y mugir a la vez, hasta que venga una ola y te tire ( es un juego de retrasaditas, pero nos gusta). A las dos, tal como habíamos acordado previamente, han vuelto a recogernos, para ir a comer a casa (pollo). Nada más acabar de comer, María y yo nos hemos bajado al garaje, hemos enchufado la manguera y nos hemos puesto a lavar el coche que estaba asqueroso. Ha sido muy divertido, el problema es que por motivos desconocidos, no nos ha quedado muy limpio, sino más bien “empastrado”. De hecho, cuando mi padre ha bajado para llevarnos a la estación para que María cogiese el tren de vuelta a Valencia, lo primero que ha dicho ha sido: “¿Qué le habéis hecho a mi coche?”

Viene María Terrádez a visitarme.

Sábado y Domingo, 9 y 10 de Septiembre de 2.006

He omitido el resumen del viernes, ya que no pasó nada importante, salvo que por la mañana fuimos al instituto a entregar el sobre de la matrícula, y cuando me revisaron los papeles, no se fiaban de la fotocopia de mi graduado escolar, porque era un fax, y la tía bruja de secretaría decía que no se veía bien y que no me lo podía aceptar. Tuve que accionar mi poder de convicción, y al final como perdonándome la vida (será gilipollas la tía) dice: “Bueno va, me fiaré de ti”. Ya no pasó nada más interesante el viernes, salvo que por la noche hicieron la final de “El Traidor”, que ganó quien yo menos me esperaba.
A la mañana siguiente, que era sábado, venía María Terrádez, mi amiga de Valencia, a pasar el fin de semana. No tuvimos otro remedio que hacer otra vez zafarrancho de limpieza, y además acabamos de montar los estantes de Ikea que faltaban por poner en mi habitación. Tuve que hacer dos viajes a la ferretería, a comprar tornillos, porque los que compré en el primer viaje no valían (fue culpa del vendedor, no mía, que yo se lo expliqué muy bien, que conste).
A las doce, llegó María con su padre, y para mi grata sorpresa, también con su hermano Guillermo. Les invitamos a que se hicieran el aperitivo con nosotros, (yo encantada con la presencia de Guillermo). Cuando se fueron, María y yo nos fuimos a dar una vuelta por el pueblo, hasta la hora de comer. Por la tarde, cogimos el autobús para irnos a Gandía. Nos sentamos, y poco después, en el asiento de al lado, se sienta un hombre de unos cuarenta años (desiquilibrado mental), y empieza a hablarnos.
-D’on sou?
-De València…
-Ah, molt bé, molt bé. Jo quan tenia el Golf anava a Valéncia, a la Malvarrosa.- continua hablando, pero como no se le entendia muy bien, pierdo el hilo de la conversación, disimulo, y hago como que me entero – No sé si eren 2000, o 3000, quants eren?
(Sin tener ni idea de lo que está diciendo)- No estic segura ara, no m’enrecorde bé, si 2000 o 3000…
María empieza a darme codazos para que nos cambiásemos de asiento, que le daba miedo el hombre ese. Yo reclino mi asiento hacia atrás, de manera que el hombre ya no me ve, porque me tapa María, así que continua la conversación con ella, y yo de vez en cuando decía: “Clar, clar”. Continua contándonos que ahora se va a Gandía, a tomarse una cerveza con los amigos, pero ojo, nos explica que sólo cerveza, que whisky no, que tiene mucha graduación. Y yo: “clar, clar”. Para la suerte de María que estaba un poco histérica, nos empiezan a caer gotas de agua del aire acondicionado, y con la excusa esa, nos cambiamos a unos asientos más adelante, eso sí, primero nos despedimos de Toni educadamente. Cuando ya creíamos que íbamos a estar tranquilas, el autobús hace la parada del pueblo siguiente, y suben “Los Garrulos”. María de cachondeo siempre me dice que ahora que me vengo a vivir aquí, me voy a echar un novio garrulo, con las greñas por detrás, las cadenas de oro, las mechas, y la riñonera. Bueno, pues justo que sube “mi prototipo de novio” y sus amigos, y resulta que conocían a Toni, pero por el nombre de “Marinete” ( en ese momento desconocíamos el porqué de ese apodo pero más tarde lo averiguamos). Con su valenciano macarrónico, “Los Garrulos” empiezan a llamar a Marinete a grito pelao: “¡¡¡Marineteeeee, Marineteeeee!!!” Marinete y los recién llegados se sientan juntos en la parte de detrás, montando escándalo. Nosotras estábamos tan tranquilas en la parte de delante, cuando de repente, empezamos a oír que estaban cantando copla por la parte de detrás. Nos giramos disimuladamente para ver de donde procede esa “música”, y por supuesto, el que cantaba era “Marinete”, mientras los macarras le hacían palmas. Después de este particular viaje, en cuanto el autobús llega a la parada de Gandía, salimos precipitadamente del autobús, lejos de Marinete y de “Los Garrulos”, pero aún así, nos sigue un macarra, y empieza a decir: “Ché, ché, vingau”. Y yo: “Corre María, corre” Finalmente, les damos esquinazo, nos aseguramos de que ya no nos siguen y entonces ya, respiramos tranquilas (soy una exagerada). Nos encaminamos hacia mi futuro instituto, para enseñarle dónde voy a pasar el próximo año, pero como estaba cerrado por dentro, sólo lo pudimos ver por fuera. Cuando ya estábamos cansadas de recorrer Gandía, volvimos a coger el autobús, y de nuevo nos encontramos con Marinete y con “Los Garrulos”, que regresaban a sus respectivos pueblos. Pero Marinete ahora estaba triste, de bajón, y no estaba para fiestas. Pese a que los macarras insistían en que fuese con ellos, Marinete no quería: estaba triste. Pero “Los Garrulos”, no se vencen fácilmente, aún les quedaban muchas garruleces por hacer. Enseguida identificamos al líder: Borja. Fue fácil localizarlo porque era el que más hacía el subnormal, y sus amigotes no hacían más que llamarlo “Borja, Borja” y reírle las gracias. Primero, tuvo que hacer la macarrez por excelencia: un calvo. Sus colegas se partían al ver como “Borja el Guay”, enseñaba el culo por la ventana. Cuando la cosa empezó a perder la gracia, (Borja siempre tenía nuevas ideas), empezaron a imitar orangutanes raperos. María y yo nos reíamos “de ellos”, no “con ellos”, pero se debieron pensar que nos estaban conquistando o algo, entonces hacían las gracias más exageradas y más cerca, que cada vez se iban acercando asientos. Cuando llegaron a su pueblo, se bajaron, y a mi me dio pena y todo, que me lo estaba pasando bien. Allá a las ocho y media, el autobús llega a la Font, pero de camino a casa, me doy cuenta que no llevaba llaves del piso, y que no había nadie para abrirnos, hasta las nueve y cuarto que llegaba mi padre. Por lo menos tenía las llaves de la cochera, que es una especie de sótano donde guardamos los coches, pero que también tiene baño, cocina, sofá, mesas, sillas y trastero. Decidimos quedarnos allí hasta que mi padre vuelva para abrinos. Como María y yo este años hemos ido a la optativa de teatro, propongo que representemos alguna escena para hacer más corta la espera. Observamos el material del que disponemos, y decidimos que lo mejor es hacer como si estuviéramos en un bar, porque hay una barra y mesas, que parecía un bar de verdad. Yo era la camarera y María la clienta, y empezamos el teatrillo, que nos quedó muy realista, parecíamos dos auténticas marujonas. Cuando la escena no daba más de sí, pensamos otra cosa. En el trastero, encontramos un sillón de estos reclinables, que es el que tenía Inma en la consulta de psicología. Nos viene que ni pintao’: yo soy la clienta tumbada en el sillón, y María la psicóloga, sentada en una silla a mi lado, tomando apuntes. Mi problema es que mi marido me engaña, y yo me he enterado, pero no lo quiero dejar porque lo amo demasiado, aunque sepa que estoy siendo engañada. Ahí casi nos ganamos el Goya a actrices revelación, que si no fue porque llegó mi padre y tuvimos que interrumpir la escena rápidamente, hasta lloro de verdad. Subimos a la casa a cenar y poco después de cenar, nos acostamos, porque como creo que ya os he dicho, me gusta acostarme pronto y levantarme pronto, que además, así se evita el síndrome pos-vacacional. Pusimos el despertador a las ocho, y tal como estaba previsto, sonó a esa hora. A María que dormía al lado del despertador casi le da un infarto, de lo fuerte que suena. Desayunamos, vemos un programa de esos de encontrar tu media naranja en la Sexta, y después salimos a dar un paseo en bicicleta, sin mucho éxito, porque no encontramos el camino que yo quería y fuimos por una carretera bastante monótona. Así que, volvemos al garaje, y jugamos una partida al Monopoli, la cual gané (desde que empecé a jugar al Monopoli, nadie me ha ganado, soy invencible, muahaha). Volvemos a casa, y cuando subimos, mi padre seguía durmiendo. Estábamos ansiosas de que se despertara, porque queríamos decirle que nos llevase a la playa de Piles. Cuando al fin el señor ha optado por levantarse, le hemos dicho que si nos llevaba, cosa que le ha parecido bien, y apenas una hora más tarde, ya estábamos en la playa. Allí nos lo hemos pasado bien, porque nos habíamos llevado las colchonetas hinchables, hasta una de dos plazas, en la que jugábamos al “toro loco”. El “toro loco” consiste en hacer el animal encima de la colchoneta, incluso intentar ponerse de pie y mugir a la vez, hasta que venga una ola y te tire ( es un juego de retrasaditas, pero nos gusta). A las dos, tal como habíamos acordado previamente, han vuelto a recogernos, para ir a comer a casa (pollo). Nada más acabar de comer, María y yo nos hemos bajado al garaje, hemos enchufado la manguera y nos hemos puesto a lavar el coche que estaba asqueroso. Ha sido muy divertido, el problema es que por motivos desconocidos, no nos ha quedado muy limpio, sino más bien “empastrado”. De hecho, cuando mi padre ha bajado para llevarnos a la estación para que María cogiese el tren de vuelta a Valencia, lo primero que ha dicho ha sido: “¿Qué le habéis hecho a mi coche?”

VIAJE A VALENCIA

Jueves, 7 de Septiembre de 2.006

A las 9:30 habíamos quedado en la estación para ir a Valencia de compras Mireya, Lidia, Sandra y yo, para coger el tren de las 9:47. Lidia estaba histérica, porque le daba yuyu el tren, y además siempre se mareaba. Llevaba preparado un chicle anti-mareos que se ha tomado nada más salir de la estación. Una hora después, hemos llegado a Valencia, y hemos empezado a mirar tiendas. Yo me sentía importante, porque era la única que me conocía Valencia, y hacía de guía turística sabelotodo. A la una, de tanto andar ya estábamos muertas de hambre, y hemos parado a comer en una bocatería. Pedimos los bocadillos y nos sentamos a comérnoslos en las mesas que tenían en la planta de arriba. Y no sé cómo ha salido el tema, pero hemos acabado hablando de Tintín, el personaje de comic, que Sandra no sabía quién era, y Lidia ha intentado explicárselo, imitando con la mano la cresta que tiene Tintín en la cabeza. Entonces, unas mesas más allá, había un chico de nuestra edad con una cresta muy exagerada y que estaba con su novia. Su novia nos estaba mirando, y se pensaba que con los gestos que estaba haciendo Lidia, se refería a su novio, y que estábamos hablando de él, y nos ha echado una mirado de odio de “ni miréis a mi novio”. Entonces nos ha entrado la risa floja, a Mireya se le ha caído el bolso y han salido los tampones rodando. Yo que estaba bebiendo Coca-cola, casi me ahogo, porque me ha entrado otro ataque de risa. Cuando ya nos habíamos calmado, hemos salido de allí y hemos seguido de tiendas. A las cinco, teníamos que ir a mi casa, para recoger unas cosas, pero como nos sobraba tiempo, hemos ido andando, pero hemos llegado agotadas. Después de estar un poco en mi casa, hemos salido porque teníamos que darnos prisa si no queríamos perder el tren de vuelta. He propuesto coger un taxi, porque entre cuatro que éramos, nos salía más barato que coger el metro. Y entonces suelta Lidia:
- Vale, pues cogemos un taxi. Pero no tenemos el número de teléfono.- En Gandía, que es una ciudad pequeña, no hay taxis circulando por las calles, sino que tienes que llamar a teletaxi y el taxi sale de la central y va a recogerte.
-No, aquí no hace falta número.-le explico.
-¿No? ¿De verdad? ¿Entonces hay que llamarlo con el brazo? (Emocionada)
-Sí…
-¿Como en las películas?
-Sí…
-Uy, uy, qué emoción. Yo lo llamo, yo lo llamo. (Y empieza a practicar los gestos de llamar al taxi: “Taxi, taxi”)
-Jajajaja.
Enseguida pasa uno, Lidia lo llama, subimos, y llegamos rápidamente a la estación. Allí me encuentro a David, alias “El Serra”, a quien saludo y después subimos al tren, que estaba llenísimo, y no nos hemos podido sentar juntas hasta mitad camino, pero a todas se nos ha hecho muy corta la vuelta. A las siete ya estábamos en Gandía, y para recuperar fuerzas, nos hemos sentado en una terracita a tomar algo, hasta las ocho que venía mi padre a recogerme para volver a la Font.
Por cierto, yo me he comprado una camiseta roja con mariposas negras, que es la que voy a llevar el primer día de colegio, y una colonia.

miércoles, septiembre 20, 2006

Comida en casa de Mireya

Miércoles, 6 de Septiembre de 2006.

Comida en casa de Mireya.

Me he levantado pronto, a las ocho de la mañana ya estaba en pie, porque para evitar el síndrome pos-vacacional, hay que ir acostumbrándose a los horarios antes de que empiecen de verdad. A esas horas no sabía qué hacer, hasta las doce que había quedado con Mire. Al final he acabado tirada en el sofá viendo programas de cocina matutinos ( lo próximo va a ser acabar viendo “Saber vivir”, qué horror). Lo peor es que el programa ese de cocina (sopa de calabacines y lomo relleno), enganchaba, y por su culpa casi pierdo el autobús que me llevaba a Gandía. Me he vestido con lo primero que he pillado y he salido pitando de casa, pero cuando he llegado a la parada, para mi sospresa el autobús todavía no estaba allí. Ha tardado más de la cuenta, y cuando ha llegado todavía no podía arrancar porque el conductor tenía que hacer no se qué antes de salir. Total, que hemos llegado a Gandía con un cuarto de hora de retraso, y cuando he llegado al punto de la estación donde había quedado con Mireya, no había nadie. Entonces he pensado que a lo mejor Mireya había estado esperando, pero habría pensado que le había dado plantón y se ha ido. O también que ella llegara tarde. En esas estaba cuando la veo llegar. La saludo y me explica que en el instituto la han entretenido porque ha tenido que hablar con una profesora por el tema de las recuperaciones y tal. Bueno, subimos en la moto y fuimos a hacer unos recados: pagar la matrícula, comprar queso, devolver un libro, y alguno más que se me escapa. Cuando llegamos a su casa nos estaba esperando su madre con la comida hecha, que afortunadamente me gustaba, porque yo soy un poco especial para eso de las comidas. Pero como se le había olvidado comprar mayonesa nos mandó a Mireya y a mí al Consum, (sé que no os importa, pero yo os lo cuento) que estaba justo debajo de casa. Entramos al Consum, y empezamos a oír una canción de una niña tonta que tenía un pompón, y Mireya y yo nos quedamos flipando de oír a la niña esa. Después de una cortés comida donde Aurora saca su lado más educado, nos vamos a su habitación a charrar un rato, y me empieza a enseñar fotos y a contar quién ira a mi clase. Allá a las 5, nos vamos a Daimuz (un pueblo que está al lado), a recoger a Isabel. Llegamos allí pero Isabel al final no se venía porque había quedado con su novio. En eso llama mi padre que en media hora vendría a recogerme en la estación, que le esperásemos allí. Salimos de Daimuz (se nos hacía tarde) y llegamos a la estación a tiempo, pero mi padre que es un tardón, todavía no había llegado. Con diez minutos de retraso, al fin llega, Mireya y yo nos despedimos y quedamos para el día siguiente, para irnos de compras a Valencia.

Recogida de la matrícula: a la tercera va la vencida.

Martes, 5 de Septiembre de 2.006.

Recogida de matrícula: a la tercera va la vencida.

Hoy por la mañana tenía que volver por tercera vez al instituto para recoger la matrícula. Sara se ha venido conmigo a Gandía a las 8 de la mañana, porque mi padre nos ha llevado en el coche, pero a la vuelta teníamos que volver en autobús, y hasta las 11 no había otro, entonces para que no se me hiciera tan aburrida la espera le he dicho que si me quería acompañar. A las 8 y media ya estábamos en la secretaría del colegio, y le he contado que había perdido el sobre ( pasando vergüenza, porque seguro que pensaría “qué chica tan tontita”), total, que sin mucho problema me ha dado otro y aquí paz y después gloria (perdonadme cuando suelto estas expresiones que ni yo misma sé de dónde las he aprendido, quizás de mi abuela, pero es que no puedo resistirme). Salimos de allí y todavía quedaba una hora y media para que llegase el autobús, entonces nos hemos ido a mirar las tiendas y a preguntar precios de colchones, porque como ahora he llegado yo a la casa, pues nos falta un colchón, que es el que usaremos para los invitados. Y por cierto, en una tienda que fuimos, vi una fantástica chaqueta de pata de gallo ( el estampado ese blanco y negro propio de abuelas) por la módica cantidad de 160 € (ironía). Me encantaría tenerlo, es… no sé… raro, mola.
Por la tarde me ha invitado Mireya a comer a su casa al día siguiente, y le he dicho que sí que podía, y que nos veríamos al día siguiente a las 12.

Recogida de la matrícula: segundo intento fallido.

Lunes, 4 de Septiembre de 2.006.


Recogida de la matrícula: segundo intento fallido.

Tal como me había dicho el secretario del instituto al que llamé el Viernes por teléfono, hoy tenía que ir a recoger la matrícula, así que como mi padre se iba a las ocho de la mañana a trabajar en coche, pues me ha llevado a Gandía y así no tenía que coger el autobús. A las ocho y media de la mañana ya estaba en el instituto. Primero he ido a secretaría a que me diesen la matrícula, pero me han preguntado si era nueva en el centro, entonces cuando les he dicho que sí, me han contestado que entonces tenía que ir a hablar a las oficinas, pero que no las habrían hasta las nueve. Me he sentado en un banco a esperar, (qué remedio), hasta que por fin han abierto. Cuando ya he acabado con los papeleos en la oficina, me han dicho que ya podía ir otra vez a recoger la matrícula a la secretaría. He vuelto, he pagado los tres euros y me la han dado, y eufórica (pensando: “ahora sí que sí, ya tengo la matrícula”) he salido del instituto. Todavía quedaba una hora y media para que viniese el autobús que me llevaría a la Font, entonces he aprovechado para comprar unos tornillos que me había encargado mi padre para colgar una estanterías, pero aún así, me ha sobrado muchísimo tiempo, casi una hora, que he estado sentada en un banco leyendo una revista. Ah y por el camino me he encontrado un ciego, que como buena ciudadana que soy, le he ayudado a ir po una acera que estaban en obras. A las 11:05 ha llegado el autobús, que tarda casi media hora en llegar a mi casa, aj. Cuando he bajado, como la parada está cerca de la biblioteca, he pensado “pues voy a ir a ver si encuentro algo interesante”. Llego y todavía estaba cerrada, porque abrían a las 11:30, pero como sólo quedaban unos minutos me he quedado en la puerta esperando y hojeando los papeles que llevaba en la mano, cuando de repente, casi se me hiela la sangre al no encontrar el sobre de mi matrícula. Se me acelera el pulso y empiezo a rebuscar entre los otros papeles que llevaba, pensando: “no puede ser, no puede ser”, pero ha resultado que “ si que podía ser”, que se me habría caído o me la habría dejado en el banco que esperaba el autobús. He vuelto a casa y he llamado a mi padre al trabajo: “Hola papá… Verás, bueno, no te enfades que no pasa nada… que esto le puede pasar a cualquiera…” Cuando se lo he contado, no se ha enfadado mucho sólo me ha dicho que soy una inútil (esta vez tenía razón), y que esa misma tarde volviese a por la matrícula. Para que no se me hiciese tan aburrido volver a Gandía he llamado a mi amiga Mireya, que es de allí, para así quedar e ir juntas y luego si acaso dar una vuelta. Por lo menos no he tenido que coger el autobús, que mi padre me ha llevado a Gandía, y me ha dejado en el instituto. He vuelto al mostrador de secretaría y les he contado todo el rollo de que había perdido la matrícula, y me contestan que por la tarde no está el que se encarga de las matrículas, que volviese el Martes por la mañana. Grrr! Enseguida ha aparecido Mireya, y nos hemos ido hasta la playa dando un agradable paseo en moto. Ah, se me olvidaba, por el camino hemos parado en el único gimnasio de judo de Gandía, al cual lógicamente, me voy a apuntar. Bueno, después de que me dieran la información (Lunes, Miércoles, y Viernes de 20:30 a 21:30), me presentaran a mi futuro entrenador, y me preguntaran que qué carrera estudiaba (JA!, y yo: “No, es que voy a empezar bachiller…”) hemos continuado hasta la playa, donde nos esperaban Cris y Pablo, para que fuésemos a comprar el regalo de cumpleaños de Rocío. Hemos dado un paseo de una hora, hasta que al final Cris le ha comprado una cartera. Cuando ya la habíamos comprado, hemos ido hasta su urbanización para dársela, y como ya se nos hacía tarde, hemos vuelto hasta casa de Mireya, para dejar la moto y que su tía me llevase hasta la Font en coche (menos mal, porque no me apetecía nada volver a coger el autobús).

Zafarrancho de limpieza.

Domingo, 3 de Septiembre de 2006

ZAFARRANCHO DE LIMPIEZA

Hoy ya volvían nuestros padres del viaje, entonces hemos tenido que dedicarnos a dejar la casa impoluta.
Yo me he levantado a las nueve, aunque el despertador había sonado a las ocho, pero me encanta quedarme un rato más remoloneando en la cama. Después de desayunar me he dirigido a la papelería de la Font a la que hace tiempo juré no volver, ya que la dueña era una gran borde gilipollas, pero como quería recibir un fax, pues no tenía otro remedio, además, los fines de semana no está la dueña, sino una empleada que sí que es agradable, no como la vieja bruja. Bueno, normalemente estos recorridos los hago en bicicleta para ahorrar tiempo, pero como hoy era temprano, estaba nublado, no hacía calor y no había gente por la calle, he preferido ir andando. A esa hora, me parece que era la única persona menor de 60 años que rondaba por las calles. Por el camino iba deseando que hubiese llegado el fax que mi madre me había enviado el día anterior, con la fotocopia de mi graduado escolar y el libro de familia, documentos imprescindibles para formalizar mi matrícula en el IES María Enríquez. Que por cierto, hablando de María Enríquez, esta tarde, como no tenía nada mejor que hacer, me he puesto a investigar quién era este personaje, pero después de mirar en todas las enciclopedias de las que disponemos en mi casa, sólo he conseguido encontrar a la familia Enríquez, que era de la realeza, pero poco más he podido averiguar, porque ni siquiera nombraban a María, pero cuando ha llegado mi padre (fuente inagotable de sabiduría) me ha contado que María pertencía a la familia de los Borgia, entre los cuales destacaban duques y Papas. Pero volviendo al tema: después de un agradable paseo matutino por las calles de la Font d’en Carròs he llegado a la papelería y afortunadamente, sí que había llegado el fax, y encima no me han cobrado nada. Cuando he vuelto a casa, he empezado la sesión de limpieza, (a todo esto Sara seguía sin fregar), y al poco rato, Sara se me ha unido, y como era de esperar, ha recapacitado y ha fregado. Después de comer,a las tres, me he ido un rato a la cama a descansar, pero sin la intención de dormirme, porque en realidad no me gusta hacer siestas, porque por la noche no puedo dormir, y además, luego me duele la cabeza y tengo la sensación de haber desperdiciado tiempo de mi vida. Pero sin apenas darme cuenta, ya estaba dormida cual vulgar lirón, pero menos mal que por lo menos sólo me he despertado una hora después, no como suele suceder habitualmente, que si no me pongo el despertador puedo despertarme incluso hasta tres horas después. Recién despertada me he ido al comedor a ver la tele, y para mi agradable sorpresa estaban haciendo en esos momentos en CuatrO “Humor amarillo”, el programa ese de los chinos que hacen pruebas, que en realidad es un programa muy tonto, pero que sin poder evitarlo siempre me parto de risa viéndolo (Roxy os lo recomienda si todavía no lo habéis visto). Cuando ya ha acabado, me he ido un rato a mi habitación, y delante del espejo, me he hecho un moño, pero a la vez por delante, como tengo el pelo escalonado, me he dejado unos mechones sueltos para que vista mi cabeza desde enfrente, no se viese el moño que ocultaba detrás y así pareciese que llevaba una melena corta, estilo de los años 20. Y la verdad es que me ha gustado como me quedaba, que estoy tentada a cortármelo así, pero tampoco me atrevo porque a lo mejor luego me queda horrible, pero en fin, si algún día me da el venazo (o “m’agarra una locà” como se dice por estas tierras) puede que me lo corte. Poco más interesante por la tarde, hasta que ha llegado mi padre y hemos colgado el espejo de la pared. Le ha costado un poco y se ha puesto nervioso, y como de costumbre ha empezado con sus juramentos: “Y un nabo por el culo para el jodido espejo”. Pero al final, después de pelearse un buen rato con los tornillos y tacos, ha conseguido colgarlo de la pared, y luego estaba orgulloso de su proeza, y cada poco me decía: “¿No vas a mirarte en el espejo, no te miras? Con lo bien que ma ha quedado, ¿eh?”

Solas en casa

Sábado, 2 de Septiembre de 2.006.
SOLAS EN CASA

Esta mañana ha sonado el despertador a las nueve de la mañana, porque quería madrugar, pero inconscientemente de ello, lo he apagado y he seguido durmiendo. Y eso que el despertador es uno de esos antigüos que suenan haciendo “RIIIIIIN, RIIIIN”, porque si son de los eléctricos los ignoro completamente. Una hora más tarde, me he despertado y he ido al comedor a desayunar mi habitual zumo matutino, y he estado viendo Rebelde Way mientras desayunaba (sí, soy débil, pero no puedo resistirme a ese acento argentino). Ha llamado mi padre para preguntarnos cómo estábamos, y si teníamos la casa limpia y si todo iba bien, blablabla, lo típico.
- ¿Y está la casa limpia?
- Sííí, muy limpia, reluciente.
- Ah,muy bien, muy bien.
Después de esta conversación me han entrado los remordimientos y he decido limpiar un poco mi habitación, y tender una lavadora. También me he planchado una pila de ropa arrugada que tenía, para así de paso ir colocándola en mi armario nuevo, que me hacía ilusión. Cuando ha llegado Sara (había ido a casa de su abuela), le he informado de que le tocaba fregar a ella, porque para evitar discusiones, tenemos una lista pegada en la nevera, que todo aquel que friega apunta su nombre y la fecha. La estúpida argumenta que ella fregó la última vez, pero yo le enseño la lista y le señalo que yo fregué las cinco anteriores veces seguidas, por lo que ella aún me debe cuatro fregadas que ha hecho menos que yo, pero ella sigue obcecada en que ella fregó la última vez y que no piensa fregar. Yo evidentemente tampoco, porque no me toca a mí, ya llegarán nuestros padres y le echarán la bronca por no fregar, peor para ella. Si es un poco lista supongo que recapacitará y fregará antes de que vuelvan, pero de momento aún tenemos la pila de fregada que se nos va a comer. Más cochina y se muere.
Bueno, voy a cambiar de tema que no me quiero enervar. Hoy he vuelto a comer carpaccio del que sobró ayer, porque para comer mi “abuelastra”, nos había hecho fideuà, plato que odio, entonces he preferido repetir a probar esa asquerosidad. Por la tarde, como siempre que me aburro y no tengo nada mejor que hacer, me he dedicado a las llamadas telefónicas, pero como mi agenda me la olvidé en Valencia, sólo he podido llamar a las personas de las cuales me sabía su número de memoria: mi madre, mi abuela, Noelia (que no estaba en casa), Silvia (que tampoco estaba en casa), Carla, Raquel (que está en Ibiza la muy perra) y a Mireia, pero que el número que me sabía de memoria era el de su antigua casa, y entonces era como si tampoco estuviese.
Tal era mi desesperación que he recurrido a la última opción: ver un dvd. He rebuscado entre los cd’s y he encontrado Torremolinos 73, una película española de Javier Cámara, que me ha entretenido durante media tarde. Cuando ha acabado, he vuelto a llamar a Noelia, que ahora ya estaba en casa, porque desde el viaje a Italia en Junio que no la había visto, y tenía que contarle muchas cosas, igual que ella a mí, y también la he invitado a que se venga a pasar unos días aquí a la Font. También he aprovechado para pedile el número de María Terradez, a quien acabo de llamar, pero tampoco estaba en casa, pero por lo menos le he dejado el recado a su madre de que cuando pudiese me llamase. Ynada más que contar, me he acostado pronto porque no tenía nada mejor que hacer y en la televisión no ponían más que basura.

Grandes novedades

Viernes, 1 de septiembre de 2006
GRANDES NOVEDADES.

Últimamente he estado ocupadísima, por lo que ahora os narraré a continuación , y por eso no he podido actualizar el blog como es debido. Además, para más inri, debido a una neura de las que le dan a mi padre, no voy a tener Internet. Todo fue porque se cabreó de repente porque dejábamos el ordenador encencido. Y entonces llamó a Telefónica y nos dio de baja. Así que a partir de ahora, lo que tendré que hacer es escribir en casa, guardarlo en un disquette e ir al ordenador de la biblioteca para colgarlo. Si tener un blog ya era de friki, ahora me voy a superar.
Todo el Martes estuvimos pintando mi futura habitación de blanco, porque antes estaba de un horrible naranja casi fosforescente, qué cosa más horrible, por Dios. Lógicamente, para hacer esa habitación “habitable”, hemos tenido que pintarla de blanco. Yo no había pintado nunca, y al principio todo muy entretenido, pero al poco rato eso ya era un horrible trabajo pesado, que acabé con un dolor de espalda enorme, porque encima Sara y yo habíamos bajado por la mañana los muebles que había antes en esa habitación, porque antes era un despacho. Hemos tenido que bajar por las escaleras unos cuantos muebles que pesaban un quintal, como buenamente hemos podido. Encima, siempre que estábamos a mitad de escalera nos entraba la risa floja, y por poco se nos caían los muebles rodando, pero al final hemos conseguido bajar todos los muebles sin causar ningún daño. Al fin, el miércoles al mediodía ya habíamos acabado de pintar toda la habitación, y estaba completamente vacía, lista para la llegada de los muebles nuevos. Allá a las 5 llegaron los señores de Ikea, que nos tenían que traer los muebles que no nos habían cabido a nosotros en el coche. Nos dejaron los muebles embalados en la entrada, y al rato, después de descansar un poco, mi padre y yo montamos los caballetes de la mesa. Cuando acabamos, los ponemos de pie, y entonces nos damos cuenta de que habíamos puesto las patas mal, porque estaban patizambos. Tuvimos que volverlos a desmontar y volverlos a montar, hasta que conseguimos que tuviesen las patas bien. Después pusimos el cristal que va encima, que es un cristal que lleva grabado la palabra “amor” en muchos idiomas. Así contado sólo por escrito, suena una horterada, pero en la realidad no lo es, os lo juro. Y bueno, también montamos la mesilla de noche, que en realidad no es una mesa de noche, es una mesita de comedor, de estas de centro, (de ahí su tamaño desproporcionado para ser una mesita de noche y que no tenga cajones), pero es que la vi y pensé: “Oh, ella ha nacido para ser mi mesilla de noche”.
A la mañana siguiente, cuando mi padre e Inma se fueron a trabajar, Sara y yo dedicamos la mañana a montar mi cama, que después de unas cuantas risas, lo conseguimos, y nos quedó perfecta. Por lo tarde, continuamos con el montaje de muebles, y empezamos el armario, pero que era mucho más complicado, y de hecho, ahora todavía no lo hemos acabado, pero tampoco queda mucho ya.
Esta mañana tenía que ir a Gandía a enterarme de cómo estaba el tema de mi matrícula en el instituto de Gandía, porque al cabeza chorlito de mi padre, se le olvidó matricularme en Junio, entonces ahora tengo que matricularme en la convocatoria especial de Septiembre, junto con la gente que ha recuperado asignaturas, aunque aun así, creo que no he de preocuparme, porque hay plazas de sobra en el bachiller de Humanidades. Bueno, pues a las 9 nos hemos despertado Sara y yo, para coger el autobús de las 9:30. Sin problemas, lo hemos cogido a tiempo y a las diez de la mañana ya estábamos en Gandía, dispuestas a plantarnos en el IES Ausias March con el fin de informarnos. Llegamos allí, y leemos un cartel que ponía: “Horario de matrículas, a partir de las 10:30”. Como no nos quedaba más remedio que esperar 20 minutos hemos ido a sentarnos a un banco del patio. Cuando hemos pasado se nos han quedado mirando como pensando: “¿Éstas quienes son? ¿Vendrán el año que viene a clase? ¿O qué pintan aquí?”. Cuando ya habían dejado de observarnos, me he puesta a contemplar el patio y el edificio del instituto. El patio era muy pequeño, el de mi anterior instituto (según los cálculos que he hecho en ese momento) es seis veces mayor, y además el suelo era feo (hormigón), y estaba lleno de hojas. El edificio era de los años 60, el típico colegio de la época franquista que se construía con cuatro duros. Y también hemos podido escanear nosotras a la gente que antes nos miraba. Los tíos eran macarras, y las tías también, menos cuatro típicas pijas pavas que también rondaban por ahí. Como ya se había hecho la hora, hemos ido al mostrador de las matrículas, y allí nos han dicho que el sobre lo entregaban el día 6. Como me había llevado una primera mala impresión del IES Ausias March, he propuesto a Sara que fuéramos a ver el otro instituto de Gandía, que estaba a cinco minutos de allí. Cuando después de perdernos y preguntar unas cuantas veces hemos llegado, la primera impresión que me he llevado ha sido mucho mejor que la del otro centro. El patio era el triple de grande, y tenía árboles frondosos, que el otro ni siquiera tenía, y el instituto era más grande y más nuevo, mucho mejor que el otro. Además, a ese instituto van mis amigas de Gandía, que aunque tienen un año más, la mayoría van a mi curso, porque han repetido, pero ya no me agobia pensar en la sensación de llegar allí sin conocer a absolutamente nadie. En ese momento he decidido que prefería ir al María Enríquez que al Ausias March. Me he dirigido al mostrador de las matrículas, pero había un chico que no se enteraba de nada, y me ha dicho que volviera dentro de una semana, pero yo por si acaso le he pedido el número del instituto para ir llamando por si acaso. Después de eso, Sara y yo hemos ido al Mercadona, para comprar la comida de hoy, porque nuestros padres se han ido de viaje de trabajo y no vuelven hasta el Domingo, por lo que estamos solas en casa. Cuando al fin hemos logrado ponernos de acuerdo para comprar la comida de hoy (haríamos ensaladilla rusa y de segundo carpaccio, que es como carne cruda cortada a rodajas muy finas. Sara se había empeñado en que compráramos unos San Jacobos de esos congelados, pero al final la he convencido para que compráramos una comida elaborada, y que no acabásemos comiendo los típicos alimentos pre-congelados de solteronas). Bueno, hemos vuelto a coger el autobús para volver a casa, y cuando hemos llegado nos hemos tirado en el sofá a descansar, y antes de comer hemos estado montando el armario. Después de comer hemos hecho sendas siestas, pero mi querida madre se ha encargado de despertarme a las cinco menos cuarto, con una llamada telefónica muy inoportuna. Un rato después Sara se ha ido a la piscina, y yo me he quedado por casa haciendo el canelo y escuchando música de la década de los 60. Siempre que escucho esa música me pongo melancólica, pero a la vez eufórica, y siempre pienso que me encantaría haber vivido los 60. También se me ha ocurido llamar al María Enríquez, para ver si me enteraba de algo más. El chico que había por lo tarde estaba más espabilado, y me ha preguntado que qué bachiller quería cursar, y que cómo me llamaba, y para mi sorpresa, yo me encontraba en la lista de pre-admitidos. Me ha dicho de que volviera el Lunes con mis notas, y que me darían el sobre de la matrícula, que tendré que entregar unos días después. Entonces ya me he quedado tranquila porque ya me veía yo este año sin escolarizar, y acabando de trapera-basurera por las calles de Valencia: “No, es que yo no pude estudiar porque a mi padre se le olvidó matricularme en el colegio…” A las 20:00 Sara ha vuelto y nos hemos ido juntas al supermercado, porque ahora teníamos que comprar la cena. Hemos decidido que cenaríamos pescado, pero como no nos hemos puesto de acuerdo, al final cada una se ha comprado una pescado diferente (ella lenguado, yo emperador). Cuando hemos regresado a casa , hemos continuado con el armario, y al fin, después de haberle dedicado mucho tiempo al montaje lo hemos acabado. También nos ha quedado muy bien, excepto una puerta que no cierra bien, que tendremos que limarla para que se arregle. Hemos cenado mientras veíamos “El traidor”, que me tiene muy enganchada últimamente. Cuando hemos terminado, Sara se ha ido a un cumpleaños, y yo me he quedado un rato embobada dentro de mi habitación contemplándola, porque me da gusto ver esos muebles tan nuevecitos, tan bonitos…