Sábado y Domingo, 9 y 10 de Septiembre de 2.006
Viene María Terrádez a visitarme.
He omitido el resumen del viernes, ya que no pasó nada importante, salvo que por la mañana fuimos al instituto a entregar el sobre de la matrícula, y cuando me revisaron los papeles, no se fiaban de la fotocopia de mi graduado escolar, porque era un fax, y la tía bruja de secretaría decía que no se veía bien y que no me lo podía aceptar. Tuve que accionar mi poder de convicción, y al final como perdonándome la vida (será gilipollas la tía) dice: “Bueno va, me fiaré de ti”. Ya no pasó nada más interesante el viernes, salvo que por la noche hicieron la final de “El Traidor”, que ganó quien yo menos me esperaba.
A la mañana siguiente, que era sábado, venía María Terrádez, mi amiga de Valencia, a pasar el fin de semana. No tuvimos otro remedio que hacer otra vez zafarrancho de limpieza, y además acabamos de montar los estantes de Ikea que faltaban por poner en mi habitación. Tuve que hacer dos viajes a la ferretería, a comprar tornillos, porque los que compré en el primer viaje no valían (fue culpa del vendedor, no mía, que yo se lo expliqué muy bien, que conste).
A las doce, llegó María con su padre, y para mi grata sorpresa, también con su hermano Guillermo. Les invitamos a que se hicieran el aperitivo con nosotros, (yo encantada con la presencia de Guillermo). Cuando se fueron, María y yo nos fuimos a dar una vuelta por el pueblo, hasta la hora de comer. Por la tarde, cogimos el autobús para irnos a Gandía. Nos sentamos, y poco después, en el asiento de al lado, se sienta un hombre de unos cuarenta años (desiquilibrado mental), y empieza a hablarnos.
-D’on sou?
-De València…
-Ah, molt bé, molt bé. Jo quan tenia el Golf anava a Valéncia, a la Malvarrosa.- continua hablando, pero como no se le entendia muy bien, pierdo el hilo de la conversación, disimulo, y hago como que me entero – No sé si eren 2000, o 3000, quants eren?
(Sin tener ni idea de lo que está diciendo)- No estic segura ara, no m’enrecorde bé, si 2000 o 3000…
María empieza a darme codazos para que nos cambiásemos de asiento, que le daba miedo el hombre ese. Yo reclino mi asiento hacia atrás, de manera que el hombre ya no me ve, porque me tapa María, así que continua la conversación con ella, y yo de vez en cuando decía: “Clar, clar”. Continua contándonos que ahora se va a Gandía, a tomarse una cerveza con los amigos, pero ojo, nos explica que sólo cerveza, que whisky no, que tiene mucha graduación. Y yo: “clar, clar”. Para la suerte de María que estaba un poco histérica, nos empiezan a caer gotas de agua del aire acondicionado, y con la excusa esa, nos cambiamos a unos asientos más adelante, eso sí, primero nos despedimos de Toni educadamente. Cuando ya creíamos que íbamos a estar tranquilas, el autobús hace la parada del pueblo siguiente, y suben “Los Garrulos”. María de cachondeo siempre me dice que ahora que me vengo a vivir aquí, me voy a echar un novio garrulo, con las greñas por detrás, las cadenas de oro, las mechas, y la riñonera. Bueno, pues justo que sube “mi prototipo de novio” y sus amigos, y resulta que conocían a Toni, pero por el nombre de “Marinete” ( en ese momento desconocíamos el porqué de ese apodo pero más tarde lo averiguamos). Con su valenciano macarrónico, “Los Garrulos” empiezan a llamar a Marinete a grito pelao: “¡¡¡Marineteeeee, Marineteeeee!!!” Marinete y los recién llegados se sientan juntos en la parte de detrás, montando escándalo. Nosotras estábamos tan tranquilas en la parte de delante, cuando de repente, empezamos a oír que estaban cantando copla por la parte de detrás. Nos giramos disimuladamente para ver de donde procede esa “música”, y por supuesto, el que cantaba era “Marinete”, mientras los macarras le hacían palmas. Después de este particular viaje, en cuanto el autobús llega a la parada de Gandía, salimos precipitadamente del autobús, lejos de Marinete y de “Los Garrulos”, pero aún así, nos sigue un macarra, y empieza a decir: “Ché, ché, vingau”. Y yo: “Corre María, corre” Finalmente, les damos esquinazo, nos aseguramos de que ya no nos siguen y entonces ya, respiramos tranquilas (soy una exagerada). Nos encaminamos hacia mi futuro instituto, para enseñarle dónde voy a pasar el próximo año, pero como estaba cerrado por dentro, sólo lo pudimos ver por fuera. Cuando ya estábamos cansadas de recorrer Gandía, volvimos a coger el autobús, y de nuevo nos encontramos con Marinete y con “Los Garrulos”, que regresaban a sus respectivos pueblos. Pero Marinete ahora estaba triste, de bajón, y no estaba para fiestas. Pese a que los macarras insistían en que fuese con ellos, Marinete no quería: estaba triste. Pero “Los Garrulos”, no se vencen fácilmente, aún les quedaban muchas garruleces por hacer. Enseguida identificamos al líder: Borja. Fue fácil localizarlo porque era el que más hacía el subnormal, y sus amigotes no hacían más que llamarlo “Borja, Borja” y reírle las gracias. Primero, tuvo que hacer la macarrez por excelencia: un calvo. Sus colegas se partían al ver como “Borja el Guay”, enseñaba el culo por la ventana. Cuando la cosa empezó a perder la gracia, (Borja siempre tenía nuevas ideas), empezaron a imitar orangutanes raperos. María y yo nos reíamos “de ellos”, no “con ellos”, pero se debieron pensar que nos estaban conquistando o algo, entonces hacían las gracias más exageradas y más cerca, que cada vez se iban acercando asientos. Cuando llegaron a su pueblo, se bajaron, y a mi me dio pena y todo, que me lo estaba pasando bien. Allá a las ocho y media, el autobús llega a la Font, pero de camino a casa, me doy cuenta que no llevaba llaves del piso, y que no había nadie para abrirnos, hasta las nueve y cuarto que llegaba mi padre. Por lo menos tenía las llaves de la cochera, que es una especie de sótano donde guardamos los coches, pero que también tiene baño, cocina, sofá, mesas, sillas y trastero. Decidimos quedarnos allí hasta que mi padre vuelva para abrinos. Como María y yo este años hemos ido a la optativa de teatro, propongo que representemos alguna escena para hacer más corta la espera. Observamos el material del que disponemos, y decidimos que lo mejor es hacer como si estuviéramos en un bar, porque hay una barra y mesas, que parecía un bar de verdad. Yo era la camarera y María la clienta, y empezamos el teatrillo, que nos quedó muy realista, parecíamos dos auténticas marujonas. Cuando la escena no daba más de sí, pensamos otra cosa. En el trastero, encontramos un sillón de estos reclinables, que es el que tenía Inma en la consulta de psicología. Nos viene que ni pintao’: yo soy la clienta tumbada en el sillón, y María la psicóloga, sentada en una silla a mi lado, tomando apuntes. Mi problema es que mi marido me engaña, y yo me he enterado, pero no lo quiero dejar porque lo amo demasiado, aunque sepa que estoy siendo engañada. Ahí casi nos ganamos el Goya a actrices revelación, que si no fue porque llegó mi padre y tuvimos que interrumpir la escena rápidamente, hasta lloro de verdad. Subimos a la casa a cenar y poco después de cenar, nos acostamos, porque como creo que ya os he dicho, me gusta acostarme pronto y levantarme pronto, que además, así se evita el síndrome pos-vacacional. Pusimos el despertador a las ocho, y tal como estaba previsto, sonó a esa hora. A María que dormía al lado del despertador casi le da un infarto, de lo fuerte que suena. Desayunamos, vemos un programa de esos de encontrar tu media naranja en la Sexta, y después salimos a dar un paseo en bicicleta, sin mucho éxito, porque no encontramos el camino que yo quería y fuimos por una carretera bastante monótona. Así que, volvemos al garaje, y jugamos una partida al Monopoli, la cual gané (desde que empecé a jugar al Monopoli, nadie me ha ganado, soy invencible, muahaha). Volvemos a casa, y cuando subimos, mi padre seguía durmiendo. Estábamos ansiosas de que se despertara, porque queríamos decirle que nos llevase a la playa de Piles. Cuando al fin el señor ha optado por levantarse, le hemos dicho que si nos llevaba, cosa que le ha parecido bien, y apenas una hora más tarde, ya estábamos en la playa. Allí nos lo hemos pasado bien, porque nos habíamos llevado las colchonetas hinchables, hasta una de dos plazas, en la que jugábamos al “toro loco”. El “toro loco” consiste en hacer el animal encima de la colchoneta, incluso intentar ponerse de pie y mugir a la vez, hasta que venga una ola y te tire ( es un juego de retrasaditas, pero nos gusta). A las dos, tal como habíamos acordado previamente, han vuelto a recogernos, para ir a comer a casa (pollo). Nada más acabar de comer, María y yo nos hemos bajado al garaje, hemos enchufado la manguera y nos hemos puesto a lavar el coche que estaba asqueroso. Ha sido muy divertido, el problema es que por motivos desconocidos, no nos ha quedado muy limpio, sino más bien “empastrado”. De hecho, cuando mi padre ha bajado para llevarnos a la estación para que María cogiese el tren de vuelta a Valencia, lo primero que ha dicho ha sido: “¿Qué le habéis hecho a mi coche?”